lunes, 26 de mayo de 2014

Ausencias

 
 



Hace poco alguien me empujaba a volver a escribir. No es que no haya escrito por falta de ganas. No es que no tenga nada que decir, de hecho, los temas me sobran. Las palabras quizá no tanto. El tiempo, menos.

 
Odio que me empujen. Tanto o más que el que me juzguen. Pero me recordó que quizá me viniera bien. Quizá poner los sentimientos sobre el papel haga que las ideas se ordenen, y que todo vuelva a tener sentido.

 
Hace casi un año que llegué a Alemania. ¿El balance hasta el momento? A priori no está mal.

 
Aviones: Entre 20 y 50. Puntos avios: gastados millones, en haber pocos. Trenes: más de 100. Libros leídos: Entre 15 y 20. Móviles robados: 2. Amigos: Nuevos varios. De los buenos. Y un gato. Conservados también. Los importantes. Errores cometidos: 1000. Lecciones aprendidas: Incontables. Relaciones de pareja: 1, caiga quien caiga.  Departamentos conocidos: 2.  Patos salvados (si, patos): Unos 7. Mami e hijos. Vocación descubierta: 1. Propósito/ambición:1. Nivel de autodescubrimiento: máximo.
Futuro: Incierto.
 
Incertidumbre.
 
 
Otra vez.  Vértigo. Otra vez. Miedo. Otra vez.
 
Música en la cabeza: Siempre Así cantando “Qué será de mi”.

 
Ante este panorama que os presento me imagino que más de un whatsapp de preocupación máxima me llegará en las próximas horas. Antes de que llegue ese momento, quiero aclarar que no hay grandes dramas encima de la mesa.
 
Pero este blog fue creado para dar cabida a las emociones experimentadas durante una estancia en el extranjero más o menos larga. Y si alguien recuerda las etapas del choque cultural, la gran depresión estaba aún por llegar. La más dificil. Aquella que no todo el mundo aguanta. Aquella en la que muchos deciden volver al hogar. Aquella en la que las profundas diferencias con las que el expatriado ha de lidiar cada uno de los dias de su vida, empiezan a pesar. Más de lo esperado. Más que hasta aquel momento.
 
En mi caso, que es un caso particular y por lo tanto en nada universal, esta etapa ha llegado lenta y silenciosa, sibilina, arrastrando todo su peso poco a poco sobre mi. Envolviéndome casi sin que me diera cuenta. Y para cuando he querido percatarme, ya era demasiado tarde. Ya estaba aquí. Y no puedo hacer nada más que poner buena cara al mal tiempo.
 
El mal tiempo, seguro, influye. Para mi sorpresa he descubierto que la peor época para visitar Alemania no es el invierno, ni el otoño. Es la primavera. Una sucesión interminable de tormentas, nieblas, lluvias torrenciales, y dias grises que sólo de vez en cuando nos dan un respiro dejándose atravesar por tímidos rayos de sol.
 
Y mientras el astro rey ilumina mi tierra natal, aquí esperamos el verano, valga la redundancia, como agua de mayo. Pero no acaba de llegar. Se hace desear. Y se lleva mi sonrisa como por arte de magia. Mis ganas de estar aqui.

 
Y entonces las ausencias empiezan a pesar. Y de repente la maravillosa oportunidad de la que, sin duda, disfruto, pierde un poco de su encanto. Y empiezo a pensar que qué más da tener ceros en la cuenta corriente si cuando llego a casa no hay nadie esperándome. Y si no tengo a nadie a quién esperar. Si ceno con el silencio cada noche. Y si las copas de vino de los jueves, las comparto con la nada. Si mi compañero de cama es un libro nuevo cada semana. Si los abrazos se los doy a la almohada. Si cuento los días con ansiedad para salir huyendo. Y planeo los fines de semana con meses de antelación. Si me cierro cada vez más a la hora de hablar de mi. Si no he llegado a afincarme aqui, porque tomé la decisión, inconsciente o no, de no hacerlo. Si, de repente, me doy cuenta de que no estoy ni alli ni aqui. Si me paso la vida metida en un avión, y al final, me lo pierdo todo. Si los esfuerzos empiezan a parecerme un precio demasiado alto. Si las prioridades empiezan a cambiar.
 
Todos sabemos lo que le pasó a aquel que se fue a Sevilla.
 
La cuestión es, al irte fuera, ¿Qué pasa con la silla que dejaste atrás? ¿Seguirá ahí cuando decidas volver? ¿Seguirá siendo la misma silla? ¿Hubo realmente silla en algún momento? ¿Tienes una silla de repuesto? Y si no la tienes, ¿Dónde demonios podrás sentarte?
 
Una amiga mía va a marcharse al extranjero. Es una chica extraordinaria con un CV de 10, y seguramente la persona más estudiosa que he conocido jamás. ¿Las posibilidades en España? Escasas. Y no muy apetecibles. Y en su destino le ofrecen el mundo. ¿Reacción cuando empezó a sospechar que sería la escogida? Llorar. Mucho. Por favor que no me seleccionen. ¿Absurdo? Puede. Pero más habitual de lo que puede parecer a simple vista.
 
No es la primera vez que conozco a alguien a quien la oportunidad de marcharse le provoca emociones incontroladas y sentimientos contradictorios. Es fácil decir "Me voy". Pero no es tan fácil hacerlo. No cuando tienes ataduras sentimentales importantes detrás de ti. No cuando empiezas a pensar en tu silla.

Pero claro, cómo vas a decir que no.
 
A pesar de verte obligada a separarte de tus seres queridos. Tu familia, tus amigos, tu pareja. A pesar de dejar libre un asiento que tardaste años en conseguir. Por el que peleaste. A pesar de saber que el tiempo pasa para todo el mundo, y que mientras tú estás fuera, las personas siguen con su vida. Avanzan. Y cambian.

He hablado del choque cultural. Del proceso de adaptación. Pero no he hablado nunca del proceso de adaptación inverso. Al que ha de enfrentarse el expatriado que vuelve a la patria, tiempo después. Cuando esa persona cree regresar al mismo lugar y al mismo punto en el que estaba todo cuando se marchó. Y se percata de que nada es igual.

¿Y si ya no soy capaz de adaptarme? ¿Y si ya no entiendo cómo funciona el juego? ¿Y si ya no encuentro mi sitio en ningún lugar, ni allí ni aquí? ¿Y si mis relaciones se han enfriado? ¿Y si no me han esperado? ¿Y si me han olvidado?
 
Cosas que al principio no se materializan más que en breves momentos que espantamos a manotazo limpio, como si no fueran más que insectos incómodos. Pero con el tiempo, la diminuta inquietud no es tan diminuta, y las nubes empiezan a teñirse de oscuro. Y la angustia se planta en la boca del estómago, para no marcharse.
 
Quizá mi caso no es el más habitual. Yo no me marché por no tener opciones. Las tenía. Y una cuenta pendiente conmigo misma también. Y tomé mi decisión. Como las tomo siempre. Y quizá porque yo decidí marcharme, he perdido en cierto modo el derecho a quejarme. A quejarme de una situación que yo quise. Y más. De la que no me arrepiento.
 
 
Pero el ser consciente de las decisiones que uno toma, no hace el proceso más fácil. El saberse extraordinariamente afortunado no hace que pesen menos las ausencias. Y el tener siempre en mente las posibles consecuencias, no hace menos doloroso el sentirlas.
 
 
El tiempo va pasando y nos trae esas consecuencias, sea de forma ostentosa o solo internamente.
 
 
La vida siempre llega.  
 
Por eso conviene estar preparados. Tener planes. Plan A. Plan B. Plan C. Agarraderas. Una red social potente como diría mi madre. Gente que nos quiera. Gente a la que intentemos cuidar por muchos kilómetros que nos separen. Gente a la que no perder.

 
Recuerdos. E ilusiones.
 
Como el fin de semana pasado, en una boda alemana (Eterna por cierto. Qué cánticos. Mi madre) en la recogida y recoleta ciudad de Bonn, antigua capital, con amigos que cual orquesta, iban dando la nota allí por donde pasaban. Y que ha salido tan bien, que nos han entrado ganas de volver a viajar. Al norte. A una salvaje isla germana quizá.

 
Como el resto de bodas de la temporada, que me llevarán a Santander, a Badajoz y a Madrid. Como una escapada a Mallorca, sólo chicas. Como la feria de Málaga, que aún lejana, me llena de ay, olé, mi arma, y demás jerga.
 
Como un aniversario, a la vuelta de la esquina, en una cabaña de madera perdida en un bosque, que bien podría salir de un cuento de los Grimm.
 
Como una semana en la mítica isla pirata de Corfú, a finales de Agosto. Allí donde Ulises naufragó a su regreso de la Odisea. Allí donde espero naufragar yo, entre aguas cristalinas, y olivares mágicos, para perderme del mundo con el compañero de viaje ideal. Aunque no le guste mucho viajar. Y comeré moussaka, y beberé vino blanco, y quizá lleve mis deseadísimas Greek sandals, mientras leo a Durrel, con su "Familia y otros animales", no sin antes haber pasado por "La maison atlantique" de Besson y por "Una princesa en Berlín" de Solmssen.
 
Y mientras llega o no el verano, mientras lleno mi tiempo de planes, tomaré nota de los sabios y ancestrales consejos maternos, y trataré de ocuparme y no preocuparme.
 
Porque todo llega. Y es bueno tener el corazon en calma y la mente en orden para cuando llegue.
 
Porque la recta final ya está aquí. Porque habrá decisiones que tomar.
 
Y porque, maldita sea. Sigo siendo muy afortunada.



jueves, 10 de abril de 2014

Una camisa de chico

Hay una camisa de chico colgada en mi armario.
Interesante, ¿eh? Recuerdo inconfesable, fisura como una casa, o simple casualidad os estaréis preguntando. Nada de eso.
La miro a veces, en cuaquier caso. Ahí, incongruente, perdida entre una multitud multicolor de vestidos y faldas. De encajes y pailletes y volantes. A rayas. Dando el cante.
Tengo una amiga, llamémosla P. 
P. se rie mucho con mi predilección por las camisas, y eso, creo, la llevó el otro día a sacar este pequeño fetiche mio a colación en una conversación cualquiera. Que si la otra noche probó a salir por Madrid de esa guisa. Que si tuvo una extraña sensación de soltura. Que si asi no hay manera de atraer a los tipos chungos tatuados que tanto le gustan. Que si la camisa atrae a la camisa. Que si nosotros, los pro- camisas, deberíamos crear una secta. Que si quedaría bien con chandal y tacones. Muy P.
Y es que llevo muchos, muchísimos años reivindicando el reinado de la camisa. Así de claro. Cual familia ancestral en Juego de Tronos. Team camisa. Y punto.
No pensaréis que Cervantes escribió El Quijote en sudadera. Seamos serios.
 
Asi que una cosa llevo a la otra y P. acabó la conversación iluminada, proponiéndome escribir todo un post basado en tan glorioso objeto de deseo.  Un post con una camisa como objeto central y Düsseldorf como telón de fondo.
Challenge accepted. Y allá vamos.
 
Decía que hay una camisa de chico colgada en mi armario.
 
Es anacrónica, y un poco absurda. No pega en el decorado, y aún así es especial. Insustituible para mi, y necesaria muchas noches tristes. Y tardes grises.
Porque en tardes grises de abril como hoy, frente a la pantalla del ordenador y el calendario a rebosar de marcas y anotaciones, cuya página acabo de pasar, me reconforta mirar hacia atrás y verla ahí colgada, como un recordatorio de toda una historia. Del tiempo que ha sido y el tiempo que será.  
Así que dejo de mirar alrededor. A la camisa, a través de la ventana, al calendario.
 
Y me pongo a teclear sobre este mes de abril que es un poco al año, lo que una camisa de chico a mi armario.
Porque el mes de abril es raro. Está como en medio. En medio entre el mal tiempo y los primeros calores. En medio entre lo gris y lo luminoso. Entre los últimos coletazos del largo invierno y la eclosión primaveral.
Es el mes en el que siempre tengo altas expectativas en cuanto al clima. Y el mes en el que siempre se me chafan. El mes en que empiezo a pensar en el verano. Y entro en modo verano. Y cuando decido no volver a ponerme medias. Y el mes en que normalmente he de correr hacia la primera tienda de chinos que veo (digamos, por ejemplo, en Lisboa, allá por el 2010, tormenta tras tormenta) para reponer mi arsenal.
Este es también el mes en que se ha cumplido el ecuador del programa en el que me encuentro. La mitad. 9 meses de viaje iniciático. “Una historia, cuento y en diversa instancia, una experiencia, en la que un individuo se encuentra en situaciones hostiles o adversas que harán que su personalidad cambie, (...) y ve modificado su carácter, espíritu o experiencia para lograr una mejora en su persona, después de lograr superar una serie de situaciones difíciles.” Wikipedia dixit. Y me encanta. Todos deberiamos experimentar uno en la vida.
Es el mes en que me volví loca, otra vez, haciendo y rehaciendo planes. Planes de todo tipo, de toda envergadura y color. A corto, medio y largo plazo. Y a larguísimo.  El mes en que Bootshaus en Volksgarten se convirtió en mi must personal en Düsseldorf, y en que decidí que de ahora hasta octubre no pasaría un fin de semana sin tomarme un café en su idílica terraza. Y cumpliendo. El mes en que me he propuesto, y ahora en serio, ir a K21 a ver de una santa vez la obra del genial Tomás Sarraceno, y tomarme algo con la misma urgencia en Pardo Bar. También es el mes en que volveré a What´s Beef, con una compañia diversa, pero igual de dispuesta a devorar sus espectaculares hamburguesas.  El mes en que disfrutaré del musical de Grease en alemán. Y el mes en que iré a comer a un restaurante barco precioso recién descubierto a orillas del Rin llamado Canoo club.
Es el mes en que cada vez que tengo un momento a solas, empiezo a soñar despierta. Con películas como la Belle et la Bête de Vincent Cassel y Léa Seydoux que necesito desesperadamente volver a ver en una calidad superior a screening. Con ese baile. El baile. Aquel con el que toda niña sonó alguna vez, llevado al cine de forma magistral. Con futuros eventos, y lugares lejanos. Con Francia en primavera. Con Portugal en verano. Con volver a casa en Semana Santa y comer pescaito frito frente al Mediterraneo. Con el vino blanco helado que mi madre siempre ofrece, sea la hora que sea. Con el aroma a delicias culinarias caseras.  Con el "pon la mesa" y con paseos por el jardín. Con aroma a incienso y tronos que van y vienen por la ciudad. Con una barbacoa con amigas de la infancia. De esas que nunca veo, pero que siempre tengo ganas de ver. Con la calle Larios, y ese lugar que me gusta tanto, en el Candado. Con volver a ver a mi amiguito canino. Con abrazar fuerte sin dejar a mi víctima respirar. Con el algún día. Con dentro de 9 meses.
Abril es también el mes en que empecé a reservar billetes a diestro y siniestro. Cierto día decidí entrar en Skyscanner con una amiga. 20 minutos después decidíamos irnos un fin de semana a Mallorca. 2 horas más tarde intentaba explicar el sentimiento del tema “Será maravilloso viajar hasta Mallorca” a 2 italianas. Lo entendieron perfectamente. En otra ocasión tuve a bien hacer todos los malabarismos realizables con mis puntos avios para llegar a tiempo a una cita ineludible en Madrid. Un cumpleaños muy importante. De alguien más importante. Otro día, simplemente decidí que estaba harta de estar fuera de casa, que el verano llegaría este año como tarde a mediados de junio y que Málaga bien vale no dormir una noche por coger un vuelo vespertino. Y ojo, aún estamos a dia 10.
Abril es el mes en que un señor intentó ligar conmigo antes de las 9h de la mañana, mientras me dirigia al trabajo, café en la diestra, agenda en la siniestra, libros en equilibrio, bolso colgado, súbito vendaval mañanero, tacones de 10 cms y todo ello tratando de no darme de bruces contra el suelo. Mención a parte, lo hizo en alemán. Comprendí y respondí. Epifania lingüística en toda regla.
Es el mes en que me dí cuenta de que no conozco Alemania en absoluto. Y en el que, secretamente esperaré tener la oportunidad de alquilar un coche y plantarme un fin de semana próximo en Hamburgo. En Berlín. O mejor aún, en una de las desconocidas, legendarias y salvajes islas del Mar del Norte. Sylt, Nordeney, Borkum. De alquilar bicicletas y recorrer todo el perímetro, sintiendo la brisa en el rostro, la sal en la piel y la arena bajo los pies. De volver a escuchar que las bicis son para el verano.
Y es el mes en que un nuevo proyecto se le presentó a alguien que conozco. Algo muy grande. Un proyecto de esos que hacen sentir vértigo, y congoja y que sin embargo dan alas a los pies.  Esperanza al corazón. De esos que se esperan durante años. De los que parece que jamás llegarán, y que cuando llegan, nos dejan atolondrados unos dias. De los que hacen que tu valía se multiplique por 100 de cara al exterior, y que sacan a los que están dentro de tu vida una sonrisa de satisfacción y un "lo sabía". El merecido proyecto soñado. Cual Düsseldorf para ésta que escribe. Ésta que comprende.  
Es el mes en que alguien me envió un artículo acerca de los insospechados puntos positivos de una relación a distancia. Y el mes en que, por primera vez, me lo creí.
Abril es el mes en que quise escribir un post sobre una camisa. Y el mes en que fracasé estrepitosamente.
Pero es la camisa de alguien qui me manque beaucoup. Alguien que conocí cierto mes de abril, hace ya mucho tiempo.
Y mereció la pena utilizarla como título.
Aunque sólo haya conseguido que me entraran muchas ganas de ponérmela, y que quizá algún lector modifique sus hábitos estilísticos. Sed razonables. Los cuellos redondos no favorecen.
Asi que hasta la próxima, amigos.
Hay una camisa de chico que he de descolgar.


miércoles, 26 de marzo de 2014

Equipaje de mano

Cuando te enseñan a esquiar, la primera lección que debes aprender es cómo situarte de acuerdo a tu centro de gravedad. Porque querida, – en palabras de todo clásico profesor extranjero, morenazo, vivalavida y con algo de Freud que se precie- contra la gravedad, no puedes luchar.

G-R-A-V-E-D-A-D. Una  fuerza invisible que te ata a la tierra que pisas, lo quieras o no. Sin negociaciones. Cual cláusula abusiva en unas condiciones generales.

Se sentirá usted atraído por la tierra bajo sus pies. Siempre, sin ninguna excepción, independientemente de cualquier duda, temor o vacilación por su parte, caerá usted. Hacia abajo.

Y si no te gusta, te aguantas.

Si las indicaciones del tal profe son correctas, dependiendo de si encuentras, entiendes y respetas efectivamente tu centro de gravedad, te mantendrás en equilibrio, bajando a toda pastilla por cualquiera de las interminables pistas que recorren las montañas del mundo.

En caso contrario, probablemente, y disculpad la jerga, no despegarás el trasero del suelo (y ya sabéis lo fría que es la nieve), te comerás a más de un transeúnte inocente, es posible que te rompas más de un hueso y puede que acabes provocando aludes varios.

Bueno, obviamente una semana en Andorra, intentando no romperme la crisma a la menor, ha influido en estas reflexiones.

Pero no me diréis que no percibís el jugo de la cuestión, amigos.

Porque la cuestión siempre es, dada la controvertida, rebelde, y bastante inconsciente  naturaleza del ser humano, ¿Queremos o no encontrar nuestro centro de gravedad?

¿Queremos quedarnos pegados al suelo, caiga quien caiga? ¿O preferimos a veces olvidar toda estrategia y precaución y dejarnos llevar simple y llanamente fuera de pista? ¿Qué pasa cuando queremos saltar, o echar a volar?

¿Cuándo es necesario soltar lastre? ¿Y cuándo echar el ancla?

Tras una semana de vacaciones con mayúsculas, de absoluta desconexión y de mucho esquiar y comer (y no forzosamente en ese orden), la vuelta a la realidad se presenta perezosa. La primavera que dejé tras de mi a mediados de marzo y que me ha acompañado todos estos días, se ha vuelto tímida en Düsseldorf, y no acaba de florecer. Los cielos andan plomizos, y el tiempo grisáceo. Tengo la casa hecha un asco y la añoranza pincha muy dentro.  Hacen falta ajustes.
Ajustes que, seguro, vendrán de la mano de copas de vino con una amiga. De conversaciones que acaban en abrazos. De grandes conclusiones inspiradas por demasiadas horas sobre los tacones. O quizá de noches de cine, una vez descubierta la web Düsseldorfer Filmkunstkinos donde, 100 años después de mudarme, he encontrado por fin películas en versión original, o mejor en OMU (Originalfassung mit Untertiteln),sin necesidad de desplazarme fuera de la ciudad. De Wes Anderson, y Grand Hotel Budapest, o Princess Grace, o Her, o Guillaume et les garçons à table. O quizá de nuevas inauguraciones como Vintage Fabric, un templo, como su propio nombre indica, vintage, que abrirá sus puertas este fin de semana y que no me pienso perder. O quizá simplemente de invertir media hora en tranvía sólo para llegar a Spanischer Garten, y poder comprar una fabada asturiana en lata, o un bendito Albariño.

En fin. Eso es la vida, creo. Un constante proceso de ajustes.

Porque al final siempre nos movemos en pequeños limbos de indecisión. Derecha o izquierda. Dentro o fuera. Arriba o abajo. Fuerzas que tiran de nosotros. Fuerzas que marcarán los caminos que seguiremos. Contra las que lucharemos. O no. Fuerzas que nos acompañarán a lo largo de la vida. Y que en inumerables ocasiones nos harán perder el equilibrio.

Todo lo cual nos lleva de nuevo al puñetero centro de gravedad de mi profesor de esqui.

Para respetarlo, a veces se necesitan anclas (o bastones). Pero, honestamente, si lo que deseas es pegar un brinco, la única opción que me viene a la mente es soltar lastre.

Lastres. Cargas. Anclas. Amarres.

No siempre es fácil distinguir en qué consiste ese extraño peso en nuestra espalda que nos corta el paso hacia la libertad, o ese je ne sais quoi en lo más profundo de nuestro corazón que nos hace agarrarnos con uñas y dientes a suelo seguro. Pero sabemos de su presencia, la sentimos, la constatamos. A veces se diría que nos aporta paz, alivio. Otras, límites infranqueables que nos llenan de frustración.

Es eso que a veces nos impide avanzar, los lazos que debemos cortar para crecer. Eso que otras, nos brinda un refugio, aplacando la tormenta, tranquilizando el espíritu por ser familiar, conocido, cercano.

A mi me gusta considerarlo nuestro equipaje de mano.

Todos llevamos algo de equipaje con nosotros. Cuanto más crecemos, con más maletas cargamos. Y cuanto más tiempo pasa, más difícil parece ser discernir de lo que se trata.

Cosas que llevamos dentro.

Valores, prejuicios, agallas, tradiciones, temores, sueños, inseguridades, ambiciones, complejos, esperanzas, experiencias, lecciones, inhibiciones, traumas, recuerdos, expectativas, creencias.

Cogemos impulso para saltar al siguiente nivel, cortamos una de nuestras cadenas para ser un poco más libres. Pero cuando el frío aprieta, y estamos perdidos y tenemos miedo y sentimos vértigo, agarramos el lacito más a mano para volver al suelo conocido, lejos de los salvajes vientos del destino.

La linea divisoria se estrecha mil veces, hasta convertirse en un borrón indistinguible en la bruma del no saber. Y en ese extraño limbo nos movemos, intentando decidirnos entre soltar peso y echar el vuelo o agarrarnos a un cabo como si nos fuera la vida en ello.

Venir a Düsseldorf ha supuesto muchas cosas. Antes y después de emprender la aventura.

Antes, tuve que cortar cabos, soltar lastre, y tomar impulso. Tuve que ir más allá de toda idea preconcebida, dejar un poco de mi atrás, para ser capaz de alzar el vuelo. Para ser valiente. Para poder partir.

Pero una vez aqui, también me he percatado de la esencial importancia de contar con un puerto donde tener el amarre. Donde regresar. Siempre es bueno tener un lugar al que regresar. Metafóricamente hablando. Porque ese lugar puede no ser tal. Puede ser una persona. Tu hogar está donde están tus seres queridos, escuché una vez.

Resulta muy curioso, ¿no? Una de las mil reveladoras contradicciones que me ha aportado este viaje iniciático mío.

Marcharme me ha hecho descubrir dónde mi barco tiene su amarre. Me ha enseñado a distinguir el faro. A orientarme en la tormenta. A encontrar mi puerto.

Moraleja. Que a veces tienes que tomar distancia del suelo, para ver el mapa al completo. Overview es la palabra que me viene a la mente. Una de esas que no acabo de traducir correctamente, y que uso tanto aquí que acabo colándola de tanto en tanto en mis charlas en español, para desgracia de mi lengua materna.

Y mi consejo es que en ese proceso de ascensión que si tú, lector, decides marcharte, experimentarás, abras bien los ojos. Y que te llenes de esa vista de pájaro que sólo la distancia aporta. Y que visualices bien tu centro de gravedad desde esa situación privilegiada.

Porque recuerda las palabras del sabio profesor de esqui. Contra la gravedad no puedes luchar.

Y por lo tanto, volverás abajo en algún momento.

Necesitarás nuevos ajustes. Una readaptación del peso sobre las espinillas.

Y para entonces, convendrá haber acumulado un buen equipaje de mano.
 




lunes, 10 de marzo de 2014

A través del espejo

We're all mad here. I'm mad. You're mad.”
“How do you know I'm mad?” said Alice.
“You must be”, said the Cat, “Or you wouldn't have come here.”


Siempre me he sentido atraída e inquieta a partes iguales por la historia de Alicia en el País de las Maravillas.

Un universo paralelo, oculto, abrumador. Un derroche de magia, un manicomio patas arriba y un escenario donde todo vale, donde uno puede ser quien quiera.


A lo largo de la vida, a veces nos parece vivir en el disparatado País de las Maravillas. A veces de forma involuntaria, otras dejándonos arrastrar con premeditación y alevosía. Y otras veces, más bien nos recordamos a nosotros mismos tiempo atrás, deformados, siendo personas extrañas, desconocidas, como si nos viéramos a través de un misterioso espejo.
Divertido, excitante, turbador, bochornoso. Tu País de las Maravillas puede tornar en lo más inverosímil, y disfrutarlo o temerlo sólo depende de ti.
O de tu yo a través del espejo.
Una época que ilustra como ninguna esta experiencia extracorporal, es el Carnaval.
En Düsseldorf, donde nada se deja al azar, hace tiempo que se dieron cuenta que el invierno es un hueso duro de roer, largo, tedioso y oscuro. Y haciendo gala del sentimiento de bon vivant que impregna toda esta ciudad, y con el fin de hacer más llevaderos los meses de frío helador, sus habitantes decidieron que la navidad sería mágica.
Y el carnaval, demencial.
Durante 5 días, los últimos del mes de febrero, cada año las calles se llenan de animales exóticos o imposibles. De criaturas mitológicas o terroríficas. De payasos, y piratas y princesas y caballeros medievales olvidados en las arenas del tiempo. De superhéroes y villanos. De espadachines y arqueros, y de dulces o no tan dulces doncellas.
Se llenan también de algarabía y alboroto, y de festejos hasta el amanecer. La ciudad es invadida por una legión de visitantes, incapaces de dejar de sonreir, o de cantar, y absolutamente dispuestos a resistir como mínimo hasta la cabalgata del Rosen Montag, cuando no hasta el martes...O miércoles.
La música tradicional de estas fechas suena alegremente, mezclada con versiones imposibles de canciones extranjeras- incluido un Viva España aqui y allá- y aderezada por litros y litros de cerveza y de sonoras carcajadas guturales que sólo los alemanes son capaces de arrancar.
Y tras días de semejante absurdidad, de sentirse en un universo paralelo, de volver a los veintipocos (incluso aunque cuentes treintayalgo), de perderte de tu grupo de amigos mil veces en los lugares más insólitos, de ser perseguido por individuos aún más extraños, y de ganar, hipotéticamente hablando, el segundo premio de disfraces de tu empresa, caperucita roja, alaridos de ánimo de compañeros, chiste en alemán y cesta de regalos mediante, después de todo ello, de repente, llega marzo.
Y marzo, que siempre ha sido puñetero hasta decir basta, este año decide portarse y traernos como un tifón y sin venir a cuento, una primavera anticipada.
Y empiezas a plantearte qué hacer con la cantidad indecente de abrigos que ha hecho que se te caiga el perchero de la pared. Pasas de las medias tupidas a las bailarinas sin calcetín (benditas sean). Abres las ventanas de par en par y empiezas a percatarte que alguien, además de individuos sospechosos, pasea por el parque.
Y te apetece volver a salir a la calle. Descubrir lugares nuevos. Ganar por goleada la competi de hamburguesas en What´s Beef, un auténtico oasis americano- clásica limonada incluida (muy Pinterest)- en plena Immermanstraße, el little Japan de Düsseldorf. Soñar con ir de una vez por todas a K21 y disfrutar de la obra  de Tomás Sarraceno, y de un cóctel en el idílico y aún sin conquistar Pardo Bar. Y de encontrar sitio en la coquetísima terraza de tu querido Bistro, ya preparada para los dias de asueto, con sillones vintage y mesas de madera decapada.
Y sales al jardín. Te sientas en las escaleras frente al camino de baldosas rojas. Gato se sienta a tu lado buscando una caricia que vaya bien con el rayo de sol que le da directamente en el costado. Sonríe como sólo los gatos saben hacer. Apetecen caña y patatas fritas. Inaugurar temporada. Y notas que tu organismo requiere urgentemente música española. Del sur.
Y cierras los ojos y te ves a ti misma una semana antes, cual cebolla por calles oscuras y frias. Y no puedes más que extrañarte ante el reflejo que el espejo del tiempo te devuelve en esta ocasión.
Porque si marzo ha llegado, significa que el programa llega a su ecuador. Y una vez pasemos la frontera, nos guste más o menos, y queramos o no enfrentarnos a ello, la realidad es que comienza la cuenta atrás. Con lentitud al principio sin duda. Y más tarde de forma precipitada, cuesta abajo y sin frenos.
Con la primavera llega el abandono de otro de los miembros, siempre internacionales, de nuestra pequeña camada. Otro que vuelve a casa.
La expectación por la Semana Santa. Las primeras ansias de verano. La operación bikini.
Y cuando menos lo esperemos, voilà. C´est tout.
De nuevo el curioso, curiosísimo efecto espejo. 
El reflejo devuelto a nosotros, de alguien que parece diferente. Extraño. Que hacía muy poco, acababa de llegar.
No contábamos con internet. Teníamos el miedo en las venas, pero mil ansias por descubrir la entonces desconocida Düsseldorf.  Despiertos, electrizados, embotados, confusos, atolondrados. Aún no podíamos creer que tuviéramos esta oportunidad. Apenas balbuceábamos 3 palabras en alemán. Y todo parecía un mundo.
Y de repente,decía, miraremos atrás.
Lo que somos hoy no será más que un recuerdo. 
Y nos observaremos de nuevo... A través del caprichoso espejo del tiempo.









jueves, 20 de febrero de 2014

Santuarios

5. Sin bromas. 

5 veces he comenzado a escribir este post en las últimas 3 semanas. 5 intentos infructuosos. 5 caídas. 5 buhs acumulados a mi espalda de quiero-y-no-puedo-escribir.

5 comienzos. 3 semanas de robarle tiempo al tiempo.  De tecleo rápido, nervioso, al ritmo de las agujas del reloj. De darle compulsivamente a la tecla Del. De agarrar la pluma cual Santo Grial. De garabatear sobre el cuaderno oficial. De cerrar de golpe el cuaderno oficial. De notas en el Iphone un segundo después de una mirada, de un instante con algo que merezca ser recordado. De palabras en la agenda al despegar de la ciudad de turno. De Madrid. De Viena. De Barcelona. Conceptos inspirados por un viaje reciente, con la melancolía a flor de piel. Textos inconexos en hojas de ira, arrancadas de un bloc de la empresa, en una mañana furiosa.

Hasta hoy. Ya vale.

Porque hoy es jueves amigos. Antaño conocido como juernes, y que actualmente merece la distinguida consideración de primer día de la semana con la tarde libre. Hoy, además, se da una curiosa circunstancia. Llueve. No pongáis esa cara. Esa expresión de incredulidad en vuestros rostros somnolientos en el metro de Madrid, o en la oficina a las 8h30 (hora a la que, seamos honestos, no trabaja ni Dios en nuestro amado país), o en la cama antes de apagar la luz. El tiempo ha hecho un pacto con nosotros este año, otorgándonos la gracia de un invierno alemán más que benévolo, del que no hay queja ninguna, y que esta mañana me ha permitido esperar el S-Bahn cual auténtica lagartija, petrificada ante los cálidos rayos de sol con los que hemos amanecido en Düs.

Pero para ser sincera, Düsseldorf es mejor con lluvia. Al menos a ojos de mi alma de artista frustrada. Y esta tarde, como decía, llueve. A cántaros. He corrido al salir del tranvía mientras le echaba un ojo furtivo al local de cata y venta de vinos que cada día de la semana me llama a gritos y que aún no he probado. He llegado empapada a casa, y aun así con la firme idea de disfrutar como una cría de mi tarde de jueves. En mi linea. Con letras y vino.

Así que he llegado a casa a una hora razonable por primera vez en toda la semana, y lo que es más importante, con una hoja 100% en blanco por delante. 0 planes en las próximas 3 horas. 0 teléfono. 0 carreras. 0 conversación. 0 personas. 3 horas en las que sólo cuento yo. Sólo mías. Qué sensación.

Y mientras me he descalzado los tacones de 10 cms que ya se han convertido en el pan de cada día, y casi al tiempo he descorchado la botella de Sauvignon Blanc francés que me esperaba amorosamente en la nevera, me he puesto a pensar en algo que ya cruzó por mi mente ayer, en algún momento entre las miles de clases de alemán,  las llamadas que deben hacerse si o si, el cuidarse un pelín, las horas justas de sueño, la empatía, la cantidad de alimentos suficientes para subsistir, y los 3 o 4 proyectos en los que participo al mismo tiempo en el trabajo. Y he puesto el CD en el reproductor (Porque sigue habiendo personas que regalan CDs). Y con el primer sorbo ya sonaba el espíritu flamenco. Y he colocado la tabla sobre la mesa, sacado los tomates, el aceite de oliva, el pan, el ajo. Y mientras la batidora hacía su trabajo, trasladándome momentáneamente a mi lejana Andalucía, con la que mantengo, diría, desde que nací, una extraña relación de amor-odio, he reflexionado sobre un concepto tan importante y necesario, como a veces, olvidado, en multitud de situaciones vitales, y más si cabe, en caso de que consideréis marchar hacia un país extranjero.

Las agarraderas.

Lo decía mi madre. Ahora lo digo yo. (Es tremendo ¿Existe alguna mujer en el mundo que no  acabe pareciéndose a su madre?) En la vida conviene tener agarraderas, herramientas que te saquen de un apuro existencial, sentimental o simplemente anímico.

Sé que hay personas que carecen de imaginación. Personas que no conocen el concepto de plan b. Que no otorgan a la adaptabilidad de espíritu la más mínima importancia, y que se llaman a si mismos , con orgullo o pudor, inflexibles. Intransigentes diría yo. Intolerancia a la frustración, diría, otra vez, mi madre. Ahogarse en un vaso de agua, dirían los clásicos. 

Si, te hablo a ti, palurdo sin agallas. A ti, triste de las narices. Y a ti, a quien el jefe grita día si, día también. A ti, que no consigue el aumento que cree que se merece. A ti, el que no se liga a la chica inalcanzable que se contonea cada día en la biblioteca de la facultad. A ti, también, que soporta más de lo que a a veces cree que puede. A ti, héroe cansado. A ti, a quien el mundo se le viene encima. A ti, que no aceptas tu realidad, que no puedes con ella, que la rechazas con todo tu ser.

Una agarradera es lo que hace que un día de mierda se transforme en una ventana abierta, con oportunidades inesperadas. 

Lo que convierte un campo de batalla en un santuario. Tu santuario.

Cuando te has mudado más veces de las que deseas recordar, cuando cambias de escenario cada dos por tres, y en cada ocasión se impone, de nuevo, una adaptación a marchas forzadas, cuando te sacas a ti mismo las castañas del fuego más de la cuenta, necesitas agarraderas. No es la única situación, claro. Hay muchas y muy variadas. Algunas en las que el desastre es real. Otras en las que sólo está en la mente. Pero en cualquier caso, y por las razones que fueren, son escenarios sangrientos, que destrozan tu alma a la menor ocasión. Y si no abres bien los ojos,  resulta tan fácil dejarse abatir... 

De ahí la agarradera de turno.

No me malinterpretéis. No hablo sólo de aficiones, aunque el hecho de que resulten agradables es condición sine qua non. Y desde luego no se trata de cosas que vengan hechas desde fuera. Aunque alguna sin duda puede ayudar, pero ha de ser algo tuyo. Independiente de cualquier otra persona. 

Tuyo. Y de nadie más.

A veces,  se trata de pequeños gestos. A veces una simple sensación basta. 

Como la de descalzarse tras 9 o 10 u 11 horas  tirada en la calle. 

Como la canción adecuada en el momento justo. 

Como la bendita soledad cuando no te aguantas ya ni a ti misma. 

El primer sorbo a la copa de tu vino favorito, tras el que todo se ve con otra perspectiva. Brebaje helado. Pócima mágica. 

La frase justa en una noche de lluvia de ese Dios que consideras TU escritor, llegado a la tierra sólo con el propósito de dejar su huella en ella a través de sus libros, que subrayarías de principio a fin por lo glorioso de su prosa, y que lees con angustia, avidez, una lágrima o una sonrisa de lado, pero siempre cual textos sagrados, y con la solemnidad que requieren.

Escribir tras semanas sin hacerlo, y sentir cómo salen las palabras que creías olvidadas, a borbotones. Frenéticas. Sin parar.

Una película de Audrey Hepburn, o de Grace Kelly. Preferiblemente en la Riviera Francesa. O Italiana. Preferiblemente de los 50 o los 60. Preferiblemente con Henry Manzini al mando de la orquesta. Preferiblemente con Givenchy tras la aguja. O Dior. Preferiblemente con curvas peligrosas encaradas con destreza por la heroína, pañuelo anudado al cuello de cisne, gafas de sol descomunales,  look perfecto, a bordo de un descapotable imposible. Preferiblemente que te recuerden de lo que va el concepto de Dolce Vita.

El primer vistazo a tu armario de zapatos. Esos que usas tan poco. Tan especiales. Tan, tan, tan…

Hacer planes a largo. Planificar todo tu año. Con esa persona. Tu persona. Destrozar tu calendario a base de trazos, borrones, anotaciones y demás recordatorios, al tiempo que investigas ofertas de vuelos a lugares lejanos hasta encontrar el chollazo del siglo. Planes que te devuelven la ilusión, y que mantienen arriba tu ánimo. Un nuevo paso. Algo que anhelar. Expectación. Sin mirar atrás ni para tomar impulso.

Cocinar, tras días de comidas rápidas, y que te saben a poco, dónde el deleite es un lujo no permitido. Cocinar justo eso que te apetece, eso, cuyo aroma resulta tan familiar, tan cercano. Que inunda tu pequeño apartamento, devolviéndole la calidez, la sensación de hogar.

Meterte en la cama temprano, ordenador en el regazo (no disimules, lector, pocos placeres hay como este), con horas por delante para ver el número indecente de capítulos de lo que sea que te venga en gana. El primer roce de las sábanas. Dejarte caer sobre el colchón y no necesitar volver a mover ni un dedo hasta el amanecer siguiente.

El aroma a café por la mañana. Desayunar tranquila, durante horas. Tostadas con tomate y aceite de oliva. Zumo de naranja recién exprimido. Las noticias en tu idioma.

Los primeros rayos de sol de la primavera. Y percatarte de que a las 18h aún es de día.

Jazz una noche de viernes.

Cerrar los ojos. Sólo un segundo. Recordar el mar. El sonido. El olor. Las olas del Mediterráneo.

Mirarte al espejo. Gustarte. Alucinar con que de repente te hayas vuelto tan mayor. Tan segura. Con saber sobrevivir por ti misma. Con parecerte tanto a esa mujer fuerte, independiente y autosuficiente que siempre quisiste ser. Aunque duela a veces. Aunque no sea fácil.

Y así, hasta el infinito. 

Uno necesita agarraderas. Santuarios.

Agarraderas que proporcionen en cualquier lugar y en cualquier momento, aunque sea durante unos segundos, un remanso de paz. Un hogar improvisado en un lugar extraño. Un refugio de la tormenta. Una isla desierta dónde sólo cuentes tú.

Así que en vez de detenerme en cada experiencia que he vivido en las últimas 3 semanas, esta ha sido la lección que he querido compartir con vosotros en el día de hoy. 

Porque es una lección difícil de aprender. Porque es bueno que alguien nos refresque la memoria de vez en cuanto. 

Porque si  a mi no me la hubieran recordado, no estaría hoy aquí.

Una lástima no contar con chimenea en una noche tan prometedora, amigos.

Bis später!