lunes, 29 de julio de 2013

Segundo acto.

Es oficial. La luna de miel es historia. Resulta curioso que en un mes las emociones den tantísimas vueltas. Y aún más curioso (¿O quizá no?) que los que vivimos solos seamos lo primeros en abandonar el permanente estado de euforia en el que nos hemos regodeado durante 30 días. La lluvia, combinada con un calor aplastante y húmedo hace mella en nuestro ánimo y en nuestra salud. Aún queda mucho, o al menos lo parece, para volver a ver a los seres queridos. A reencontrarte con ellos aquí o allí. Lógicamente, aún queda tiempo también para las primeras vacaciones. Llegas a casa y...Nadie. Desde luego el hecho de tener a alguien compartiendo morada ayuda a no desmoronarte, aunque por otro lado... Es bien sabido que la soledad a veces es la mejor amiga que uno puede tener. Si tan sólo tuviéramos internet.
 
Internet, internet, internet...
 
Porque después de este mes, amigos, internet sigue sin funcionar y por lo tanto las horas caseras se vuelven eternas, entre libros, estudio de la lengua alemana y noticias en la CNN (¿Depre o no?). Es digno de estudio  lo que puede provocar en una persona la falta de comunicación con su país de origen. No es de extrañar por tanto que hayamos decidido que hoy es el día para empezar a ir al gimnasio. Total, no podemos pasarnos la vida de cervecitas, sabemos que es hora de empezar a normalizar y mientras nuestro querido casero (Que empieza a correr peligro de asalto en medio de la calle cualquier día de estos) decide o no surtir a este pequeño grupo de expatriados del medio de comunicación básico del siglo XXI, tenemos decisiones que tomar. Zumba o aerobic. Yoga o Pilates. Máquinas o  spinning. Lo que sea con tal de alejar de la mente pensamientos negativos. Qué estoy haciendo aquí. Qué es lo que he hecho. En qué estaba pensando al dejar todo mi mundo atrás. Soy idiota. Si todo es perfecto  por qué me encuentro así. Justo como nos dijeron que sucedería.  
 
Pero no hay hueco para eso. No en Düs. No en esta experiencia maravillosa. No siendo tan extraordinariamente afortunados. No señor.
 
Porque es cierto que el primer acto ha sido divertido. Intenso. Excitante. Son algunas de las palabras con las que todos describimos nuestro primer mes. Feliz mesiversario por cierto chavales, que sé que me leeis gracias a google translator, digais lo que digais. (Me pregunto cómo traducirá Google "chavales"...)  Pero el Segundo acto no tiene por qué ser peor. Distinto si. Pero también fascinante, intuyo. Porque ahora es cuando empieza todo a ser real. Ahora es cuando lo que hemos creído percibir durante el primer contacto sale a la luz o no. Cuando lo verdadero se destapa y lo que no era más que una ilusión se evapora como por arte de magia. Es ahora cuando sabremos realmente qué estamos haciendo aquí. Y cuando nuestra vida ( mi vida) empezará a recuperar el equilibrio y la estabilidad. Seguramente también cuando empezaremos a ser por fin nosotros mismos, y a conocernos mejor. De verdad. Por dentro.

Antes  de la caída en picado del ánimo general el domingo por la tarde (Estúpidos domingos, ¿Verdad?), como comentaba hace unos días, el viernes decidimos cambiar de bares. Mala decisión. Molto mala. Puede que sigamos sin dominar el cotarro alemán, pero honestamente hasta el momento me quedo sin ningún género de duda con aquel tugurio cubano, oscuro y semivacío, de cierto jueves por la noche, donde la música al menos no me sonaba a chino. Quién iba a decirme que mi lado más latino saldría a la luz precisamente en Alemania. Creo que si oyera una sevillana por la calle a día de hoy, me pondría a bailar a lágrima viva. (Y olé)

El sábado cambiamos la noche de chicas por noche de bolera y billares; y obviando el hecho de pasar por delante de los tribunales, no reconocerlos, ponernos a descifrar lo que rezaba la placa de la entrada, y darme cuenta de que, surprise surprise, fíjate que vivimos justo al lado; la verdad es que tuve un flashback brutal a mis 15 añitos, cuando los viernes por la tarde iban sobre comics, billares y a veces ping pong. Buenos tiempos aquellos. Todo parecía más fácil. ¿O quizá no? Entonces escribía un diario, y hoy un blog. No parece un gran cambio después de todo. ¿Madurez adquirida en estos últimos 12 años? Ea.

Como buena noticia he de comunicar que hemos percibido nuestro primer hermoso, hermosísimo sueldo, que sin embargo no nos ha hecho tan ricos como creímos en un primer momento (snif snif) pero que no deja de alegrar el bolsillo al fin y al cabo.
Por ir abreviando, que nos encontramos en tierras tan lejanas como extrañas es algo innegable. Pero momentos como el de la primer nómina,  o que un compañero de despacho te invite a un helado de chocolate por haberle ayudado el viernes con una tarea engorrosa, un abrazo en grupo o que una nueva amiga te diga “siempre puedes venir a casa cuando estés triste”, hacen que todo resulte más llevadero. Y que esa soledad, esa que parece liarse a puñetazo limpio contigo y en el peor momento, esa que te hace cuestionarte toda tu existencia, esa que tenía (venga, ya lo sabías) que llegar, resulte una carga menos pesada.
Así que creo que en el día de hoy, lo más acertado es terminar con un “Guys, thank you all for this first amazing, funny and exiting month. As we always say, WE ARE FAMILY now.”
Hasta que lleguen momentos más animados… (Que llegarán)

viernes, 26 de julio de 2013

2.117 und…

Quién me conozca sabe de la predilección que siento por los números 2 y 7.
 
Nací un soleado 27 de noviembre. Mi número de teléfono está plagado de 7. Número 2 era la casa dónde crecí. Recuerdo mis 17 años como algo excepcional. Hago las cosas de 2 en 2 o no hago ninguna.  Mi despacho se encuentra en el piso 17. En mi último cumpleaños, un día 27 cumplí 27 años, año, por otro lado, que (siempre recordaré) cambió mi vida. Asi que del mismo modo en que cada día me levanto por pura superstición con el pie derecho, cuando aparecen el 2 y el 7, vete a saber por qué, tiendo a pensar que la cosa va a ir bien.
 
Por eso, cuando ayer por la mañana tuve mi primer contacto con los tribunales alemanes, en una sala que llevaba por nombre “2.117”, inmediatamente tuve la sensación de que sería una experiencia inolvidable. Edificio nuevo y moderno, con la última tecnología en lo que se refiere a plannings de pleitos por sala. Se alza el telón y empieza la escena. Togas, trajes negros, corbatas blancas para los magistrados, y expedientes que abultan más de lo que yo podría cargar entre mis brazos. 2 partes. Demandante a la derecha. Demandado a la izquierda. Indemnización por clientela (flashback a mis días de bufete). Ambiente clásico pero carente del toque rancio y apolillado al que me acostumbraron en la facultad de derecho. Me llega, no obstante, un leve aroma a naftalina. Hablan los letrados. Alguno es simplemente un muermo. Otros sin embargo, se transforman. Incluso sin entender del todo el idioma, se percibe sin dificultad. Un animal de los tribunales. Calmado. Bajo control. Mirada fija en el adversario. Firme, pero sin acritud. Observación, análisis y estrategia. Movimiento lento de manos, y despliegue de toda su oratoria, que yo pagaría por entender al 100%. As en la manga y K.O al contrincante. Al salir de la sala, volverá a ser el chico tímido, un tanto encorvado y de ojos saltones que probablemente no se ha acercado en su vida a hablar con una chica. Pero en ese instante, el tribunal es todo suyo.  Abogacía en estado puro. Y es en estos momentos mágicos, cuando una siente la profesión como una verdadera vocación.

Pero en fin. Las pasiones humanas son inexcrutables, y aún me quedan asuntos en el tintero.

El martes tuvimos la famosa entrevista con el medio de comunicación que comentaba hace unos días. A lo tonto empezamos a convertirnos en expertos en la materia, y el photoshooting de rigor nos salió de escándalo. Pose a la derecha. Pose a la izquierda. La mano sobre el compañero. Mirada al frente. No tanta sonrisa por favor. Eso es. Interesantes y seguros. 3, 2, 1. Click. Estallido de carcajadas. No puedo esperar a comprar los 300 ejemplares mínimos a repartir por media España.

En cuanto al fin de semana que hoy comienza, por desgracia nuestros planes veraniegos se han ido al traste, junto con nuestras ilusiones de sol, moreneo y sombrilla. Hay alrededor de Düs numerosos lagos o sucedáneos donde es posible bañarse y disfrutar de un día de “playa”, pero lamentablemente, el tiempo ha decidido volverse loco esta semana, y las tormentas  estivales vienen y van como les place, sin dar tregua al ánimo ni al verano. De modo que nos conformaremos con un poco de festejo esta noche, esta vez en una discoteca de verdad, alejándonos de nuestros ya clásicos bares por el Alstadt, previa cena internacional por supuesto, en la que repetiré con la tortilla de patata que, me parece a mi, empiezo a dominar. (Suerte que mi público no tiene con qué comparar…) Asi que esta noche iremos por Königsalle, lo que sería el Barrio Salamanca de Düs, nos mezclaremos con lo más posh de lo posh y temblaremos, intuyo, ante los precios de las copas. Además, mañana por primera vez organizaremos una noche de chicas, de esas que tanto echo de menos. De las que hacíamos en Madrid. De las que recuerdo como si hubieran sido ayer. De esas que a veces necesitábamos tanto. (¿Verdad?) Pues de esas.

Por lo demás, es curioso, pero empieza a notarse el ambiente al ralentí. Como si hubiera pasado el primer momento de euforia. Poco a poco nos acostumbramos a nuestra vida aquí. La normalizamos, o al menos lo intentamos. Nuestros horarios se dispersan un poco. Nosotros mismos nos dispersamos algo, quizá porque tenemos asuntos que tratar. Quizá porque llueve. Quizá porque necesitamos estar solos al menos un rato. No lo sé, pero el miércoles de repente empezó a diluviar y tuve un extraño momento Tchaikovsky/Literatura clásica/ Ventana abierta para sentir el aroma a tierra húmeda. (Anécdota que le va a hacer muchísima gracia a un par de amigas, una en EEUU y otra en la capi) Ciertamente tengo un lado romántico/tuberculoso bastante pronunciado, y la educación con tintes afrancesados hace mella en mi a menudo, pero si el spleen se instala en nosotros con un pelín de lluvia no quiero pensar como será el otoño por estos lares. ME NIEGO. No señor. Haya o no haya lluvia…
Endlich Wochenende!

lunes, 22 de julio de 2013

Perspectiva

34 grados centígrados. Cielo despejado sobre la sofocante y dorada España. Madrid.

Ante el vértigo del reencuentro con una antigua vida, el primer signo reconfortante que me hace sonreir es percatarme de que, tras 8 horas de oficina, 2 horas y media de avión, y lo que parece una eternidad sobre unos salones de tacón, me dirijo como por arte de magia a todo correr hacia la cinta de equipajes, y salgo casi volando hacia la salida. La sensación es aplastante. Arrolladora. Y cuanto necesitaba.

Y esto es todo cuanto contaré a mis curiosos lectores sobre este fin de semana M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-O, que ha transcurrido fundamentalmente entre cajas de mudanza, paseos por Goya, piscina, horchata fresquita, tapeos en Diego de León, cenas en jardines escondidos y mil besos.

De Nuevo Düsseldorf y su intensidad. Su ajetreo. La vida no espera y hoy, previo descanso nocturno de unas 5 horas, a las 8:30 ya estaba en clase de alemán, con mis compañeros de aventuras, haciendo bromas, y relatándonos los unos a los otros los pormenores del fin de semana. Que si han encontrado un bar cubano por el Alstadt donde ponen reggaeton. Que si he traído jamón . Del bueno. Ibérico. Que si el de Parma también mola. Que no tienen ni idea. Que por lo visto hay un brunch los domingos en modo buffet libre por solo 7,50€, a 15-20 minutos de casa. Que si esta tarde las niñas hacemos nueva incursión en la zona de tiendas. Que  si se esperan tormentas a partir del miércoles.  Que si el casero sigue desaparecido en combate. Que si esta noche nos marcamos una cena gourmet con las delicatessen italo-españolas, por cortesía de las que hemos viajado este fin de semana.

Y ellos hablan italiano. Y nosotros español. Nos comunicamos en inglés. Mezclamos. Escuchamos. Empezamos a entender. Chapurreamos algo parecido al alemán con camareros y dependientes. Agudizamos el oído con compañeros de trabajo e intentamos integrarnos en las subidas y bajadas de ascensor a golpe de “Tschüss!” Erramos. Estudiamos. Aprendemos. “Guten Morgen” cada día. “How was your day?” por la tarde. “Andiamo a casa” o “¿Cerve?” con gesto acompasando. Comida semanal con los escasos francoparlantes de la oficina. “Jusqu´à la semaine prochaine!” Whatsapp con las niñas de siempre: “Qué muerto está el grupo hoy, ¿no?”. “Te echo de menos…” por Skype. Por Viber, “Hija, si hace frío tú te abrigas. Que te abrigues. ¿Me oyes? ¡Que te abriiiiigueeeeeeeeeessssssss! ¡Que no te  oigo! ¿Sigues sin internet?” Móvil 1. Ahora móvil 2.  “A quién madruga Dios le ayuda” resuena en mi cabeza diariamente, cuando a las 6:00 no queda rastro de oscuridad en un, aún impersonal, dormitorio. Vuelta a empezar con el derecho alemán. “Entschuldigung, ¿Traducción en inglés?“,“Lo siento, no hay.““Damn it!“(otra vez).
Esta es mi vida ahora. Un batiburrillo incoherente y confuso, aunque no por ello menos entrañable que ha despertado en mi, y me consta que en la mayoría de mis compañeros, todas las emociones imaginables desde hace ya más de 3 semanas. Cada día algo nuevo. Algo por aprender. Y algo que contar. Así transcurre y transcurrirá la vida en los próximos meses, y así dejaré que vayan pasando todas y cada una de las páginas de esta historia. Preguntándome siempre que ocurrirá en el siguiente capítulo.
Pero hoy sé que Madrid está a un tiro de piedra de mi. Que allí todo sigue igual. Vivo. Real.

Próximamente más y mejor. Porque la aventura, queridos, no ha hecho más que empezar…

 

jueves, 18 de julio de 2013

Lo intenso es para el verano.


Increíble. Mañana me encontraré en suelo español, después de 21 días exactamente en tierras germanas. ¿Qué puedo decir? Se me ha pasado volando. A pesar de los sube y baja anímicos, a pesar de las dudas y de la inseguridad. De las ausencias y de la distancia. Como he dicho siempre desde que esta aventura comenzó, soy muy afortunada. Muchísimo. Ahora vienen 60 horitas de realidad concentrada, más allá de este sueño en el que parecemos vivir en Düs. De nuevo un avión, de nuevo maletas, de nuevo el corazón en la garganta. Y de nuevo una mudanza. Una para la que no estoy preparada. Os comentaré la semana que viene cómo se ha desarrollado el re-impacto cultu-sentimentaloide. La intensidad, sin duda, es lo que se lleva este verano.

Pero por ahora, seguimos con mis andanzas como recién estrenada düsseldorfer.

Desde la semana de mi llegada, el buen tiempo no nos ha abandonado apenas, y me recuerda que a pesar de invertir la mayor parte del tiempo en el interior de este palacio de cristal diseñado por Norman Foster, allá afuera efectivamente es verano. Ah… el verano… Invita a tardes relajadas, con una copa de vino de Riesling, en terrazas como las del encantador Bistro justo al lado de casa. Terrazas que, por otro lado intuyo, serán más que efímeras (sólo para alumnos avanzados, recordad que “Winter is comingggg….”). Invita a partidos de tus compañeros de trabajo en los que alucinas con lo silenciosos que son los alemanes… Hasta haciendo deporte. A una barbacoa tras otra en tu concurrido jardín y a planes de compras con amigas nuevas (siempre en cuanto llegue el primer sueldo). A pasártelo pipa en un parque de atracciones galáctico en la orilla opuesta del Rin (Aunque no te montes más que en los coches de choque, porque qué susto). A terminar por fin, tirada todo lo larga que una es en una tumbona de madera, libros que abrazabas en el aeropuerto cual último clavo ardiendo de este mundo y que en cierto modo (¿por qué no?) te salvaron. A hacer nuevos amigos. A estrechar vínculos. Y a reírte de cada momento absurdo que vives a nivel linguístico.

Porque este tipo de risa, queridos lectores (????), no cabe duda, es para el verano.
Siguiendo con el descubrimiento de esta hermosa ciudad, y puesto que este fin de semana dos de las integrantes del grupo abandonaremos momentáneamente el aislamiento, hemos decidido que hoy ha de ser un “Juernes” como Dios manda, concepto, por otro lado, que sorprendentemente, ha sido rápidamente comprendido, cuando no interiorizado, por los miembros no hispanohablantes.

Es posible que no lo haya mencionado antes, pero en Düs nos congratula tener la mayor comunidad japonesa de toda Europa. Es algo curioso. Todo el mundo sabe que existe. Pero la cuestión es ¿Dónde está? Realidad o leyenda, esta tarde lo descubriremos. Nos adentraremos en el Little Japan, o lo que es lo mismo, las calles Klosterstraße e Immermanstraße (para españolitos, ¿ahen? Y ¿ahen?) esperando zampar sushi como si no hubiera un mañana, y quizá probar algún dulce típico en las numerosas (en teoría) pastelerías tradicionales de la zona. Por lo visto incluso existe un templo tradicional con su jardín y todo. Veremos, veremos. Ya os contaré.

En lo que concierne a asuntos gastronómicos, el miércoles es el día de los waffles en la empresa, y esta semana casi me derrito a eso de las 10 de la mañana, con semejante delicia no apta para intolerantes a la glucosa (doble, porque parece que sigo sin pillar que en este país, si no pides media ración, la ración es SIEMPRE doble) . También, ayer por la tarde, tuvimos sesión afterwork de mano de nuestros muy amables mentores por Ratingerstraße, un lugar donde cientos de alemanes se posicionan, cerveza en mano, en cuanto sale un poquito el sol, y punto de encuentro indiscutible los miércoles de verano (ya veremos quién tiene narices de pasar allí una tarde de invierno a cuerpo gentil). Además, esta semana finalmente logré probar la Currywurst, aunque honestamente a día de hoy sigo sin tener claro si se trataba de un perrito caliente o de un potaje andaluz. Tela de rico en cualquier caso.

Por lo demás, seguimos siendo las celebs de la ofi, y la última nueva es que un periódico con tirada en Düs, Colonia y Bonn nos entrevistará la semana que viene a todos juntos. ¿Sabéis lo que eso significa? Exacto. Otro photoshooting. (Pausa para reacción)

From Düs with love…

 

lunes, 15 de julio de 2013

La luna de miel del expatriado


La semana pasada, en la empresa, decidieron darnos un training acerca de los efectos que el choque cultural produce en cualquier expatriado. Ya había oído hablar de las distintas fases por las que atraviesa todo aquel que abandona la seguridad del país de origen, pero puesto que mi experiencia internacional hasta la fecha se ha reducido a estancias más o menos cortas, nunca había experimentado en mis propias carnes las delicias del exilio.

Como en la mayoría de las relaciones, todo empieza con la dulce luna de miel. Miento. Existe un pequeño momento pre-depresivo, que empieza en el aeropuerto a lágrima viva, se prolonga durante las primeras horas de angustia e instalación (especialmente si llegas a tu destino en una noche oscura, lluviosa y tras un timo de escándalo por parte del taxista), y finaliza con el primer contacto amigable y/o ruptura de hielo (que en mi caso vino de la mano de una explosión salvaje de mi adorada y oxidada cafetera). Y una vez pasado ese primer extraño momento, llega otro más extraño todavía: Como he dicho, la luna de miel del expatriado. Se trata, efectivamente, de un periodo en apariencia luminoso (y por lo tanto, cegador), en el que uno está convencido de que ha tomado la mejor decisión de su vida. Estás tan ocupado/a construyendo las bases de tu nueva existencia, tan ensimismado/a con cada novedad que vives y sientes, tan absorto/a en tus propios asuntos, entre los que no hemos de olvidar mencionar la supervivencia a un nuevo entorno, que de repente te sientes en una burbuja, flotando por encima de todo cuanto has dejado atrás. De tu antiguo mundo. De tu antiguo yo. Todo es emocionante y embriagador. Fascinante y novedoso. Y ojo. Un espejismo.
Porque es una verdad ampliamente conocida que ese dulce instante pasará, tarde o temprano. La ceguera dará paso a la revelación. La emoción a la rutina. Y de repente, el expatriado volverá a tener tiempo para sentarse. Y pensar.

Y eso, queridos míos, se conoce como la caída en picado hacia los infiernos del choque cultural.
Bien, por no extenderme más de la cuenta, simplemente diré que está más que estudiado que a lo largo de todo el periodo de expatriación, los sube y baja serán constantes, y lo que es peor, inevitables. Que el expatriado en cuestión oscilará una y mil veces entre el paraíso del nuevo mundo, y el vértigo ante lo desconocido. Que se debatirá entre el pasado que añora y el futuro esperado. Tener confianza en que lo verdadero, sea nuevo o antiguo, perdurará y en que lo visceral será pasajero, cubrirse de cuanta entereza sea posible, y superar ese va y viene, manteniendo la mente abierta pero sin olvidar quién se es, y sobre todo siendo muy consciente de que lo que le está ocurriendo es NORMAL, quizá sea lo que finalmente determine el destino de esa persona. Si lo logra o abandona. Y si vuelve, o no.

Como solemos decir en esta pequeña familia que hemos creado los que nos hemos embarcado en esta aventura… Esto ha sido un “deep moment” en toda regla.
Pero terminemos con temas más amenos, ¿No os parece? Rememorando brevemente el fin de semana, os cuento que conseguí ir a Medienhafen, y que volveré. Una y otra vez. Al atardecer. Con 9 pavos en el bolsillo para poder tomarme aunque sea por una vez un Prosecco Aperol. Sin duda. Merece la pena sentarse en una de las terrazas-lounge y disfrutar de los últimos rayos de sol mientras Astrud Gilberto entona la relajante Garota de Ipanema, haciendo volar la imaginación hacia tierras más cálidas. Aunque no encontré el famoso perrito caliente, compartí unas tapas a la alemana, que salvando las distancias con las muy añoradas de la madre patria, me permitieron sumergirme en la variedad de la gastronomía germana una vez más.

Además, por fin he conseguido hacerme con el control de las nuevas tecnologías, después de dos semanas de incomunicación, y tengo en mis manos por el módico precio de de 1 (repito, UN) euro, el flamante Iphone 5. (Disculpad, ¿Quién dijo que Alemania estaba muy cara?)
Volveré en breve con nuevas reflexiones (ZZZZZZZZ……) pero por el momento, me despido de nuevo… Desde un lugar muy muy lejano…

miércoles, 10 de julio de 2013

Photoshooting, barbacoa y ausencia de fregonas.


Caramba caramba, cómo pasa el tiempo. En nada haré la primera escapadita de fin de semana a España en busca de jamón, acento madraca en toda regla y calores infernales. Sin embargo, por el momento sigo poniendo al día a mi escaso aunque muy querido público, de mis andanzas por tierras germanas.
 
Coincidiendo con las amables temperaturas y el sol radiante que hemos disfrutado en los últimos días, Düs se ha abierto en todo su esplendor. Las calles del Alstadt (Centro histórico) están a rebosar a diario, y ni que decir durante el fin de semana. Los alemanes compran, comen y beben en la calle. Son felices y eso se nota. 100% Calidad de vida alemana. La verdad es que había oído hablar de la “joie de vivre” que se respira en esta ciudad fluvial, elegante, orgullosa y manejable.Y es cierto. Aún no he tenido tiempo de visitar mucho, pero me voy acostumbrando a vivir aquí, y no me desegrada en absoluto. Tengo pendiente ir a Medienhafen, la zona, en principio, más moderna y chic, llena de bares y restaurantes, galerías de arte, con la famosísima torre de la antena de televisión y los edificios diseñados por Frank Gehry. Es además y hasta dónde tengo entendido, el puerto deportivo y el lugar en el que se preparara una especie de perrito caliente con curry que debe estar de morir. Así que realmente me apetece muchísimo ir este fin de semana, de modo que iniciaré maniobras de persuasión dirigidas al resto del grupo en breve.
El fin de semana pasado decidimos comprar una barbacoa e instalarla en mi ya conocido jardincito, lugar de reunión o de recogimiento según el día. El domingo fue día de reunión, y de las gorditas, porque nos pusimos como el kiko a base de carne alemana cuyo nombre no consigo ni pronunciar, ni mucho menos escribir por el momento, pero que fue una gran sorpresa gastronómica y queda apuntada para la próxima.
En el trabajo, el ambiente sigue tan amable como de costumbre, alternando sesiones intensivas de estudio acerca del sistema legal alemán, con algún asuntillo en el que me voy involucrando cada vez más, y por supuesto las clases de alemán. Y el photoshooting. No puedo dejar de hablar en este blog del photoshooting. Para el número de septiembre de la revista corporativa, se ha decidido hacer un denso articulito acerca del programa en el que me hallo, y una entrevista personal a un par de los participantes en el mismo. ¿Adivináis quién es una de las personas elegidas? De modo que en el día de ayer, pude dar rienda suelta a mi vena teatral mientras me sacaban una media de 100 fotos por minuto. En grupo, por parejas, a solas. De todo. Fue divertidísimo y os podéis imaginar que dio lugar a más de una situación, digamos… Inolvidable.
Total, que todo sigue viento en popa, los sentimientos desbocados ante el cúmulo de emociones, la ira a flor de piel en lo que se refiere a las nuevas tecnologías, y los ojos como platos ante la ausencia de fregonas allá donde intento adquirir una. ¿Cómo friegan los alemanes? Os mantendré informados de mis avances.
Corto y cambio desde Düs.

domingo, 7 de julio de 2013

Semana 1.0

Todo el mundo sabe que el primer empujón es el más difícil. Cuando estudiábamos, era el primer día en frente de la montañita de apuntes. Cuando nos íbamos de campamento, el primer momento a solas en un lugar extraño. Cuando empezamos a trabajar,  resultó que el primer día éramos como niños de 5 años. Y si alguno de vosotros ha aprendido un idioma nuevo recientemente, sin duda recordará  el ruido ensordecedor de las palabras oídas por primera vez, y cuyo significado aún se ignora por completo.
Bien, mudarme a Düsseldorf implica, como mínimo, esas 3 experiencias juntas. Es todo a la vez, un cúmulo de mil emociones y experiencias que apenas consigo asimilar mientras lucho por no perder el hilo. Es la experiencia internacional con mayúsculas, es el preámbulo de una etapa de aprendizaje extremadamente intensa, y es una prueba de coraje como pocas. 
Total, que por no irme por las ramas, he de decir que las dificultades con la alta tecnología han sido constantes desde que llegué a estas tierras. De ahí que quiera advertir a cualquiera que haya intentado ponerse en contacto conmigo por whatsapp, que ESTOY VIVA, y que las razones por las que no contesto son ajenas a mi voluntad. Mi querido Iphone, el móvil que todo lo puede, con el que te sientes súper mega guay, decidió que el día de mi partida era el momento para que el wifi dejara de funcionar. Entre eso, y que el wifi "común" a todo el edificio en el habito debe ser del año de Maricastaña...Pues a veces el Skype también me falla. Así que es como volver a los 90. Me faltan la camisa de cuadros y los vaqueros rotos. Al menos por el momento, pero garantizo desde aquí que en breve solucionaré este exasperante problema de comunicación.
Más allá de eso, y tras esta primera semana tan lejos de mi "zona de confort", tengo ya algunas primeras conclusiones.
Que los alemanes hablan inglés como nadie es un MITO. Repito, MIIIIITO! Quizá sea porque la empresa en la que trabajo es estructural y profundamente alemana, pero lo cierto es que no esperaba tener que afinar tanto el oído de primeras. En cualquier caso, hasta donde he podido comprobar, son las personas más amables del mundo, y todo aquel que me he encontrado me ha dado la bienvenida. Por otro lado, en cuanto a la puntualidad estricta, y a esa seriedad que desde España imaginamos, en mi modesta opinión lo que ocurre es que aquí saben separar de manera radical el ámbito laboral del personal. Eso significa que si trabajan, trabajan. Pero no con esa (y disculpad la expresión) mala hostia española que cala hasta los huesos en las larguisisisisisimas jornadas laborales que todo empleado tiene actualmente (y ojo si no la tiene, porque pondrá un pie en la calle a la menor). No, me refiero a que trabajan concentrados, respetan los horarios, de entrada y de salida, mucho más que en la madre patria, y dan importancia, creo, al equilibrio entre lo laboral y lo personal.
Más cositas... Creo que desde que he llegado no he sido capaz de terminar ni un sólo plato, dado lo descomunal de su tamaño. Conozco a un chico, y qué decir de su familia al completo, que aquí sería muy pero que muy feliz... Pero el comedor de la empresa tiene una gran variedad, y la verdad sea dicha, no me puedo quejar. Ni por eso ni por nada. Es simplemente increíble lo bien que está todo. No sé como expresar mi sorpresa, y sé que no me he equivocado al tomar esta decisión, a pesar de lo difícil en mil sentidos.
Creo que como primera aproximación a Dus, ya es suficiente. Os diré únicamente que la ciudad conocida como la barra más grande del país?de Europa? del mundo? (No me queda claro aún) realmente hace honor a su nombre, y que el "¿Aquí dónde se sale?" español ya ha dado sus frutos y empiezo a acumular información nocturna, lo que no deja de ser curioso cuando aún no sé cómo demonios llegar sola a la oficina, y mucho menos volver a casa.
Sin más me despido, desde mi idílico jardín en el que un gato, rubito y gordito como nunca he visto, ha decidido que seamos amigos para siempre.